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España: Logroño

Han sido tres días muy intensos de todo: información, actividades, comida, tiempo, espacio, sentimientos, emociones, sensaciones, colores…

El viernes después de salir de los atascos de viernes de Madrid y atravesar la provincia de Soria con restos de nieve todavía, bordear los ríos rojos de La Rioja, llegamos a Logroño. El encuentro sería en los salones parroquiales de la Iglesia de Santiago y hacia allí nos dirigimos con nuestras mochilas que casi nos sentíamos de nuevo peregrinos siguiendo además alguna que otra flecha. Seríamos 26, nos dijeron, y la cena a las 21:00. Así es que pudimos dar un pequeño paseo por el centro, que aprovechamos para barear y ver el ambiente del viernes. En la Calle San Juan entramos en un sitio precioso, “Rincón de Picuas” o algo así se llamaba, con marquitos de colores con fotos de la ciudad, cachitos de azulejos y pinchos tipo País Vasco. En la cena las primeras tomas de contacto: gente de todo tipo y todos sitios, y todas las edades y toda… Un grupo variopinto al que asomarnos desde nuestra ventanita del ombligo de nuestro mundo (como diría uno de ellos en las presentaciones). Después eso, las presentaciones: cómo nos llamamos, de dónde venimos, cuándo hicimos el Camino y por qué queremos ser hospitaleros voluntarios, todo esto a lo largo de una línea pintada en el suelo que simulaba el Camino de Santiago y sobre la que poníamos un punto rojo (cosas “malas” del Camino) y un punto amarillo (cosas “buenas” del Camino).

El Sábado desayuno tempranero para iniciar las sesiones de trabajo: dinámica del cursillo y materiales; el hospitalero heredero de una historia antigua y reciente; actitudes del hospitalero en la acogida de peregrinos. A las 12 un pequeño descanso que Carlos y yo aprovechamos para visitar el mercado de abastos, pequeño, pero abundante en chorizos y productos de la zona. Después la segunda sesión de trabajo que incluía una visita por nuestra cuenta por la calle Laurel donde había que tomarse un pincho: vino más cojonudo (huevo de codorniz con chorizo y pimiento picante), 2.30. Nada barato nos pareció la ciudad. Después comida, mitad en el comedor (patatas a la riojana, que le salieron espectaculares a Jorge) y chuletas al sarmiento que devoramos al lado del aparcamiento de la Iglesia. Tras la comida había dos opciones: visita o siesta. Por la tarde nos explicaron modos prácticos de organizar la acogida. Es decir, lo que incluye la hospitalidad: limpieza, acogida, sonrisa, libro de registro, administración, compartir y oración; cada uno le daría su propio orden. Como dijo Lourdes: cada uno haría lo que hace en su casa; o Allende: cada uno haría de hospitalero tal y como es. Un pequeño descanso que aprovechamos para dar una vuelta en torno al río Ebro, la Casa de la Ciencia (que tiene una cafetería-terraza al lado del río)… Y la cena a modo de pinchos con varias mesas colocadas en tres estancias. Después una oración en la Iglesia y explicación del retablo de la misma. A continuación José Ignacio, el cura, nos subió a la torre y arriba nos amenizaron la velada con un teatro sorpresa y botellón con el cielo de Logroño. Preciosísimo.

El domingo antes de desayunar hicimos una pequeña meditación, oración, reflexión (cada uno le pondría un nombre en su cabeza) sobre lo grande que nos podemos hacer poniéndonos al servicio de los demás, sobre dar; y a continuación desayunamos para después finalizar las sesiones de trabajo: conocimientos médicos básicos que impartió Ana y modos prácticos. No hubo descanso porque entre preguntas, “interruptores” y demás no quedó tiempo y pasamos directamente a la misa y entrega del distintivo de hospitalero. Un acto emocionante que dirigió José Ignacio, en el que se derramaron lágrimas, se repartieron abrazos y hasta se lavaron pies. Luego vendría la comida un poco veloz para Carlos y para mí que nos tuvimos que despedir con las migas de pan en la boca porque a las cuatro salía nuestro autobús.

Antonio, Antonia, Pascual, Pilar, Andrés, Lola, Sheila, Ribo, Maura, Marina, Manuel, Ángel, Juan, Cirilo, Isabel y más y más y más.

“Porque una sonrisa es la mejor cédula de identidad que tenemos para caminar por la vida”.

Más que turismo y conocer cosas de la ciudad que he conocido como la calle Laurel, la Casa de la Ciencia, Iglesia de Santiago etc, lo que he conocido ha sido personas de muy diferentes ámbitos, a abrirme más a los demás, valores humanos como el Sentido Común, el dar y entregarse a los demás, la sonrisa, el compartir, el tiempo para la reflexión, el ver el mundo desde otros ojos, y una aproximación a la cultura religiosa, tan desconocida por mí.

Macarena